Cual savia marchita y desahuciado carmesí,
pulula la sangre que grita la ausencia de su pasión.
A borbotones circula por las férreas venas
buscando la cúspide del templo y su amarga oración.
Las lágrimas emergen del acantilado ser
que ha crucificado el dominio de su convicción.
Las alas que se abrieron para vivir y volar:
ahora se han cerrado inertes, ásperas, sin devoción.
El caudal de la victoria resultó en armisticio.
La esperanza se cobijó en el enmohecido crestón
y la gloria sucumbió de los torreones, que
levantados en guarida, abandonaron el armazón.
El espíritu acerbo gime la ambrosía de la luz,
pero el fúnebre cielo remata en un hormigón;
y palidece, enhiesto y gradual, el astro mayor.
Mi camino libre, pero cautivo como Asterión.
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