viernes, 5 de junio de 2009

EURÍDICE

La ninfa no imaginó que su rostro sería la puerta para el Hades. Entre las inmensas montañas y los verdes valles retozaba de vida, de gozo, de amor. “He de vivir amando”, se decía continuamente. Era dueña de su vida, y Orfeo de su corazón.
La serpiente trajo consigo la inevitable separación que el oráculo de Apolo tenía designada.
El Hades se convirtió en su hogar y la sombra en su alimento.
La dulce música fue el reflejo de su libertad ¿Libertad para amar en un mundo cruel; lleno de angustia y desesperación?
La dulce música ablandó el corazón de los demonios, pero la desesperación diluyó la hermosa figura de la ninfa.
“He de morir amando”. Y Eurídice se cobijó en el infierno.

VUELVES PARA IRTE

Tu aroma calimoso propagó el aliento
que antaño suturó mi herida.
Tras la marcha de un espíritu hambriento
regresaste y calcinaste mi huída.

Onírico e iluso fue el embelesamiento
cuando en ti despojé mi razón,
mientras dichosa yacía en el aposento
que juntos cubrimos en cohesión.

¿Vuelves para irte y abandonas,
cual miserable y escasa mi pasión,
los días furtivos que aun ambicionas
para convertirlos en fina adicción?

El frío ha congelado al ínfimo corazón,
y las pompas fúnebres celebran
el más dichoso cáliz de la abyección.
Regresas, te vas, y mis ánimas concelebran.

CALIDEZ

Ese frío que asfixiaba tu piel
recorría, cual oprobio, mi deidad.
Tu alma al infierno pudo sucumbir,
pero tu calor me tomó en alas de orfandad.

La mente ignora la prerrogativa inicial:
Tu figura, tu alma y tu pasión envolvieron
mi espíritu, mi voluntad, mi ansiedad.
El arsenal ha muerto y respira el frenesí.

Mi ufano sentido goza en el idilio
del manto más estremecedor de la noche.
Las flechas han dejado de resollar
y tu mirada se clavó en mi excitación.

Nuestra piel se abrasó en el lecho
y nuestras manos hurgaron lo profundo.
El tósigo de tu aliento, Sacra Psique,
calcinó el ímpetu y exhaló mi pasión.

LIBERTAD

Cual savia marchita y desahuciado carmesí,
pulula la sangre que grita la ausencia de su pasión.
A borbotones circula por las férreas venas
buscando la cúspide del templo y su amarga oración.

Las lágrimas emergen del acantilado ser
que ha crucificado el dominio de su convicción.
Las alas que se abrieron para vivir y volar:
ahora se han cerrado inertes, ásperas, sin devoción.

El caudal de la victoria resultó en armisticio.
La esperanza se cobijó en el enmohecido crestón
y la gloria sucumbió de los torreones, que
levantados en guarida, abandonaron el armazón.

El espíritu acerbo gime la ambrosía de la luz,
pero el fúnebre cielo remata en un hormigón;
y palidece, enhiesto y gradual, el astro mayor.
Mi camino libre, pero cautivo como Asterión.